Especial 2017
Ciudades innovadoras

SANTIAGO: TIERRA DE EMPRENDEDORES SOLITARIOS

La capital chilena ha apostado al esfuerzo individual como motor de la innovación y base del genio emprendedor. El problema es que la economía del conocimiento requiere de más colaboración y trabajo en redes. Y para eso, los cowboys chilenos no son buenos.

POR JUAN FRANCISCO ECHEVERRÍA, AméricaEconomía Intelligence

Matías Muchnick se enorgullece de haber fundado Not Co, una empresa biotecnológica alimentaria basada en Giussepe, un programa digital que encuentra patrones moleculares en una gran cantidad de alimentos, asociándolos a ciertos sabores y texturas, con lo que es capaz de componer el sabor de un producto animal, como la mayonesa o la leche, a partir de conjuntos moleculares obtenidos exclusivamente de productos vegetales.

No es para menos, pues si Giussepe triunfa en la composición de más sabores, habrá logrado una alquimia moderna capaz de salir del mercado chileno e impactar el vasto mercado global de vegetarianos, veganos y de aquellas personas que quieren comer más sano. Y a precios muy bajos. Por ejemplo, en un supermercado santiaguino un pote de 650 gramos de Not-Mayo vale cerca de US$ 4, mientras que un pote de mayonesa Kraft del mismo tamaño cuesta en torno a los US$ 4,5.

Pero Muchnick está sobre todo orgulloso de haber realizado su logro biotecnológico sin mayor apoyo que el de su familia, que puso su formación de ingeniero y un capital para empezar, y el de sus socios, un equipo de profesionales altamente calificados, a quienes conoció por las redes que tejió en Berkeley, California. “En Chile todos te dicen tienes mi apoyo, pero son solo palabras de buena crianza”, aclara.

Así como Muchnick hay varios santiaguinos levantando startups por su cuenta. Después de todo, hay condiciones para ello. La capital chilena aloja a un conjunto de ingenieros formados en universidades de primer nivel latinoamericano, como la Universidad de Chile o la Universidad MAYO - JUNIO 2017 23 Católica de Chile, ambas siempre en posiciones destacadas en ránkings internacionales, en una ciudad con un entorno difícilmente más idóneo para la iniciativa privada en la región, pues la ciudad puede jactarse de ser la primera en apreciar el logro individual y la creación de empresas como un valor social, dado que Chile fue el primer país del continente en volcarse hacia el libre mercado en los 80. Además, Santiago cuenta con un clúster de escuelas de negocios top, entre las que destacan -además de las ya mencionadas universidades tradicionales– la Universidad Adolfo Ibáñez (UAI) y la Universidad del Desarrollo (UDD), por su orientación hacia el emprendimiento y la innovación. Esto permite una fuente respetable de capital humano y talento capaz de fluir a la economía del emprendimiento innovador. Junto con Costa Rica, Chile tiene los porcentajes latinoamericanos más altos de empleo intensivo en conocimiento en el sector servicios, respecto de toda la fuerza de trabajo (en torno al 25%, según datos de la Organización Internacional del Trabajo para 2014).

De este modo, en Santiago vibran nuevos proyectos y nuevas empresas ligadas a la economía del conocimiento y las cadenas de valor internacionales, tales como Archiplan, una empresa que exporta servicios de arquitectura a América Latina y el Medio Oriente, en el marco de grandes proyectos internacionales de infraestructura; o Levita Magnetics, una startup de e-health que creó una pinza laparoscópica que se introduce por el ombligo y se maneja con magnetos, la cual se usa en el hospital de Stanford. Gracias a esto, Levita Magnetics ha sido seleccionada como una de las diez empresas más innovadoras en salud por la revista Fast Company. O U-Planner, una startup de e-education que ofrece software de gestión, eficiencia y calidad educativa a universidades, la que en 2015 se internacionalizó y logró vender sus servicios a casas de estudios como la U. de Sídney de Australia, U. de Washington de Seattle, U. del Rosario de Colombia, U. Anahuac de México, U. de Pacífico de Perú. Pasó de tener cinco empleados a más de 40. Una compañía que se creó entre compañeros de la universidad que tuvieron una epifanía mientras caminaban para llegar a otra ala del campus. Su capital inicial lo obtuvieron desde Fundación Chile y Wayra de Telefónica. Luego se han financiado con las ventas que han ido en aumento. “El primer año nuestros ingresos fueron US$ 100.000. Luego nos dedicamos a tiempo completo a la empresa, y en 2015 obtuvimos ingresos de US$ 1 millón y el 2016 de US$ 3 millones; cabe resaltar que el 90% son ventas fuera de Chile”, enfatiza Juan Pablo Mena, socio y gerente general.

Dado este dinamismo, el Banco Mundial en 2016 señaló que Chile es el 14° país con mayor densidad de nuevos negocios y segundo de América Latina, con ocho nuevos negocios registrados por cada 1.000 habitantes en 2014, tras Panamá con 14. Asimismo, Chile es el país latinoamericano líder en la creación de nuevos modelos de negocios sobre la base de TIC y 30° a nivel mundial, conforme datos de Foro Económico Mundial de 2015.

Sin embargo, la figura del emprendedor como héroe de un western, aquel que vence por sí mismo a las peligrosas fuerzas de la competencia y doma a las bestias salvajes del mercado, ha topado un límite cuando se trata de crear un ecosistema de colaboración y trabajo en red, lo que resulta clave para desarrollar una comunidad que aprende de sí misma, transfiere buenas prácticas y se mueve en redes más espesas y largas que las que puede tejer cada uno de manera individual.

Un buen ejemplo contrario es la ciudad de Medellín, con un ecosistema totalmente articulado y con un núcleo central en Ruta N, una entidad pública que en 2009 nace con el propósito de crear un plan de ciencias, tecnologías e innovación. Un mecanismo que utiliza esta entidad es el Programa de Financiación Flexible para la Innovación.

“Lo que hacemos es acompañar en la idea de negocio a un emprendedor que tenga un proyecto de innovación desde el momento cero y compartimos el riesgo con él desde el momento cero, independientemente si la persona es de una empresa grande o pequeña, colombiano o no. Ese concepto lo transformamos en una idea real de negocio, luego en un prototipo de un producto, de un servicio; después en un producto masivo de un servicio masivo y luego lo ayudamos a generar mercados internacionales de manera sostenible”, dice Carlos Jaramillo, director de Ruta N. Durante todo el proceso hay mentoría y recursos económicos. Se le financia el proyecto y los emprendedores tienen entre 0 y 7 años para regresar los recursos, adaptarse al flujo de caja. Incluso existe un periodo de gracia, que claramente la banca tradicional no contempla.

“Los emprendedores chilenos tienen bastante celo de su trabajo, pese a que saben que lo importante no es el qué hacer, sino el cómo hacerlo”, dice un emprendedor extranjero beneficiado por el programa Start Up Chile. Y por lo general hay coincidencia en la comunidad de emprendedores ligados a la innovación de que la confianza es un pasivo importante, que impide mayor asociatividad con la que desarrollar proyectos más grandes y más rápido, y no facilita el ingreso de nuevos innovadores. Algo que es significativo en un país muy segregado socialmente, en el que aplican tranquilamente las conclusiones de los investigadores de Berkeley, Ross Levine y Rona Rubenstein, quienes señalaron en 2013 que las características predictivas de quién llegará a ser un emprendedor innovador son ser blanco, varón y altamente educado.

La excepción que confirma la regla, y tal vez el modelo a seguir, es la industria de los videojuegos, la que se dedica fundamentalmente a la exportación de juegos e insumos para juegos a escala global, a través de computadores. Compuesta por 40 compañías pequeñas de diez empleados en promedio (solo en Santiago hay 29), esta industria vendió en su conjunto US$ 12 millones y creció 40% en los últimos tres años. El gremio está fuertemente cohesionado y es liderado por jóvenes ingenieros de distinta extracción social, quienes se reúnen y comparten sus logros y problemas, en un ambiente inusual de confianza para Chile.

“Debido a que nuestra industria y mercado son globales y no están sujetos a mayores barreras logísticas, hay una mayor apertura. Eso nos posiciona en igualdad de condiciones y nos ofrece el entendimiento de que no competimos entre nosotros, sino en un mercado globalizado. Eso facilita que haya mayor transferencia de conocimiento y colaboración, pues las empresas se dan cuenta de que si le va bien al conjunto, tendremos todos mayor visibilidad. Eso, además del hecho mismo de que el desarrollo de videojuegos es una disciplina tremendamente colaborativa”, dice Julio Marambio, director general de Videogames Chile.

Pero además de la importancia de estimular el trabajo en red, el ecosistema innovador requiere de políticas gubernamentales que profundicen la descentralización. Porque aunque en las diferentes regiones de Chile las innovaciones están muchas veces ligadas a la demanda local, la innovación regional es igualmente aplicable al mundo y objeto de un probable escalamiento internacional. Dos modelos importantes en este sentido son San José de Costa Rica y Montevideo, ciudades que demuestran que es posible hacer en grande desde la escala local. Dos comunidades que han sabido construir ventajas competitivas en espacios que combinan competencia y colaboración, a la vez que implican procesos de internacionalización. La diferencia entre ambas es que mientras los uruguayos cuentan, al igual que los argentinos, con dos generaciones de innovadores, los costarricenses debutan con la primera, aún muy joven, pero muy prometedora.

Todos los caminos conducen a Start Up Chile

No deja de ser paradójico que en el país que más ciegamente cree en la fuerza de los privados para guiar la economía, la iniciativa de innovación más conocida y relevante sea estatal: Start Up Chile, de la Corporación de Fomento de la Producción (Corfo).

En 2010, el recientemente asumido gobierno del centroderechista Sebastián Piñera apostó por una aceleradora de negocios que entregara subsidios, asesoría y labores de articulación con el sistema chileno de innovación, a cualquier emprendedor, de cualquier país, en cualquier sector, que tuviera una buena idea de innovación y requiriera una empresa para explotarla. Sin exigirle reembolsos ni que se radicara en el país. Hoy, según datos de Start Up Chile, por cada dólar invertido por el Estado, se han levantado diez, hasta lograr crear 1.400 startups, con una tasa de sobrevivencia de 51%, con ventas acumuladas desde 2010 de US$ 276 millones y 5.000 puestos de trabajo altamente calificados, creados en el mismo periodo.

calificados, creados en el mismo periodo. La mayor parte del valor creado se ha ido de Chile: en el país, solamente hay 21% del total de empleo creado por las startups y 16,5% de las ventas acumuladas, lo que representa US$ 45 millones y casi equivale a los US$ 40 millones de la inversión pública de Start Up Chile, entre 2010 y 2016. Sin embargo, hay valor intangible. De partida, una comunidad de emprendedores radicada principalmente La excepción que confirma la regla segregadora en Chile es la industria de videojuegos, donde se observa un gremio cohesionado y liderado por ingenieros de distinta extracción social, quienes se reúnen y comparten sus logros y problemas. Un ambiente inusual para la capital chilena. START-UP CHILE. La iniciativa local que ya es modelo mundial. 26 AMÉRICAECONOMÍA PORTADA / INNOVACIÓN en Santiago (1.500 personas trabajan en startups radicadas en el país) y altamente conectada internacionalmente. “Hay un gran cambio de mentalidad. Antes pensábamos muy localmente, a lo más en Perú o Colombia, pero hoy la apuesta es crear un ecosistema interconectado con el mundo”, destaca Rocío Fonseca, directora de Start Up Chile, a propósito del dato que señala que el programa ha atraído emprendedores de 79 países distintos.

atención global a través de elogiosos artículos por parte de las principales publicaciones de tecnología anglosajonas, como Fast Company, que situó a Start Up Chile dentro de las diez empresas más innovadoras de América Latina en 2016 y destacó que 50 países ya han imitado su modelo. “Start Up Chile cumplió por lejos su misión de generar marca país... Pero lo que fue bueno al principio ya no lo es tanto”, reconoce un experto extranjero que conoce de cerca el programa. “Tengo la impresión de que eso de regalar plata, pues los fondos no son reembolsables, terminó afectando el ecosistema en la parte donde intervienen los capitalistas ángeles, pues estos se hacen poco necesarios, y ves que los pocos que hay son gente rica de la zona oriente de Santiago, quienes no se desviven por esto”, lamenta.

Según otro crítico del programa, quien tampoco es chileno, sacar las exigencias de equity de la fórmula relaja el nervio emprendedor. “Al final tienes emprendedores muy motivados, pero otros que, como no tienen que arriesgar nada, se toman Start Up Chile como si fuera una pasantía. Y el efecto es demoledor, pues las comunidades innovadoras prosperan si es que hay mucho en juego, si hay ganadores a quienes seguir por efecto demostración y perdedores de quienes aprender”, sentencia.

Cristóbal Silva, de Fen Ventures, una firma de venture capital enclavada en pleno barrio de negocios en la zona oriente de Santiago, no es tan categórico. Dice que Start Up Chile ha tenido la virtud de democratizar el acceso al emprendimiento, pero que el filtro de los emprendimientos apoyados debe mejorar. “Se financian empresas que nunca debieron salir al mercado, pese a que recibieron apoyo público e incluso ganaron premios, con lo que creen que están validadas. Y los fondos como el nuestro tenemos que hacernos cargo de llevarlas a la realidad, de decirles que no logran generar capital privado, no tienen los mejores productos, ni son los más novedosos, ni los más competitivos”, enumera.

Steve Blank, un influyente emprendedor de Estados Unidos, recientemente visitó Santiago y publicó en Fast Company una elogiosa columna de la ciudad como hub de innovación (Creeting the Next Silicon Valley - The Chilean Experiment), pero una lectura más atenta advierte de varios difíciles desafíos que enfrenta la capital chilena si quiere crecer. Uno de ellos es la falta de firmas de venture capital. “En su lugar, sentí que el gobierno, a través de Corfo, está haciendo la mayor parte de la inversión de capital de riesgo”, destacó. “Una señal de progreso será cuando algunos de los miembros de Corfo abandonen el gobierno e inicien sus propias firmas de capital riesgo”, remata Banks.

Pueblo (corporativo) fantasma

Otro desafío que Banks identificó es la escasa conexión entre el ecosistema emprendedor con el mundo corporativo, en especial con las grandes empresas de la minería, que es la base de la economía exportadora chilena. Esto, en un contexto en el que Sebastián Piñera, en 2010, revirtió las políticas públicas de innovación que apuntaban a apostar por algunos sectores con posibilidades de lograr encadenamientos productivos de escala global o con ventajas exportadoras importantes, como la propia minería, el sector alimentario y el turismo, frente a lo cual el actual gobierno de Michelle Bachelet no hizo mayores modificaciones. La lógica detrás de la decisión está en la idea de que la innovación puede ocurrir en cualquier sector y que el Estado no está en condiciones de conocer el fenómeno económico con suficiente profundidad como para discriminar un sector de otro y así termina “eligiendo ganadores”

Pero el problema en Chile a nivel corporativo es que los ganadores ya lo son desde hace décadas, y ha sido tal su éxito, que ya no necesitan competir. El mercado chileno en sus sectores tradicionales está altamente concentrado, y los grandes grupos económico –si no gozan de monopolios naturales– han conformado muchas veces carteles que impiden o inhiben fuertemente la competencia. El resultado es que el mundo corporativo chileno es, por lo general, refractario a la innovación con matriz tecnológica, salvo, y tímidamente, en la gran minería, algunas empresas de servicios masivos para la población, como la telefonía o las sanitarias, algunos bancos y empresas del sector eléctrico y de electrónica. Además,

las empresas multinacionales y multilatinas no ven a Santiago como una locación donde generar investigación y desarrollo, salvo casos aislados como el de 3M, que inauguró un centro de innovación en Santiago, luego de haberlo hecho en Antofagasta para la minería.

Iván Vera, CEO de Innspiral, una aceleradora de negocios privada, comparte el diagnóstico, pero es optimista respecto de la capacidad de la innovación para romper la inercia corporativa. “Es cierto que las empresas tienden a dividirse los mercados y coludirse, lo que inhibe la innovación, pero están entrando nuevos actores que están alterando ese orden”, dice esperanzador.

Vera ejemplifica con RedCapital, una fintech que “viene a moverle el piso a los bancos, administrando préstamos a empresas realizados por personas, sin necesidad de incurrir en grandes costos y con cierta seguridad que ofrece la sociedad de garantía recíproca”. Según Vera, en Estados Unidos y el Reino Unido los bancos han decidido asociarse para colaborar con este tipo de entrantes, mientras que en Chile todavía persiste cierta actitud defensiva.

En un reciente informe de Tecnolatinas, han listado en su radar a tres fintech, todas de São Paulo: Pitzi y GuíaBolso, ambas valuadas entre los US$ 100.000 y US$ 500.000, respectivamente, y NuBank, valuada entre los US$ 500.000 y US$ 1 millón, un exitoso banco online creado en 2014, y que ya cuenta con 320 empleados y una cartera de clientes de más de dos millones. En palabras del informe, “el sector de fintech es aún pequeño comparado con el tamaño de la industria, pero el crecimiento será acelerado. Las inversiones en fintech aumentaron de poco más de US$ 2,8 millones en 2013 y a US$ 13,8 millones en 2015”.

Pese a todo, el mundo corporativo chileno, cuyos headquarters se ubican masivamente en Santiago, tiene potencial de innovación. En especial en materia de energía, donde la reforma a la legislación ha permitido el cambio de la matriz energética de Chile, lo que de por sí se ha considerado una innovación en cuanto a un bien público, y ha motivado el ingreso de muchos otros actores, sobre todo aquellos que pueden realizar pequeños aportes a partir de energías renovables no tradicionales, como la solar o la eólica, lo que ha abierto un inusitado campo de innovación. De hecho, la Empresa Pública de Medellín (EPM) ha instalado en Chile el parque eólico Los Cururos, ubicado en la región de Coquimbo, que ya alimenta a la matriz energética con 100 megavatios, detalla Santiago Acosta, gerente de Estrategia, Innovación y Desarrollo de Negocios.

Este posible clúster energético, con innovadores chilenos y extranjeros, debería replicarse en los laboratorios de Santiago, aunque el éxito de la virtuosa imitación dependerá de la capacidad de los chilenos de enterrar ese arraigado local que juega en contra de la colaboración y la economía del conocimiento, “cada cual mata su toro”.

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