Especial 2017
Ciudades innovadoras

MONTEVIDEO: SIMCITY

Al igual que el popular juego de computador, la capital uruguaya es construida por programadores. Luego de que en los 80’ el sistema universitario viera la relevancia futura que tendría la industria del software, hoy Montevideo cuenta con dos generaciones de ingenieros en sistemas que trabajan a un ritmo que despierta a una ciudad que otrora fuera empedernidamente agrícola y estatista.

POR ANDRÉS ALMEIDA, AméricaEconomía Intelligence

En el verano de 1980 un joven estudiante de ingeniería civil sin mucho que hacer se encontró con un aviso clasificado pegado en poste de una calle de Montevideo que ofrecía clases de microcomputadores. Las sesiones eran en el living de una casa particular, pero tuvieron la virtud de producir un cambio radical en la vida de este joven, pues decidió cambiarse a ingeniería en sistemas de la Universidad de la República. Hoy a los microcomputadores los conocemos como PCs, y el ingeniero computacional es Nicolás Jodal, fundador de Genexus, la empresa de software fundada en 1984 que todos en la capital uruguaya reconocen como líder y precursora del movimiento innovador de la ciudad.

“Trabajábamos programación sobre un Apple 2, te puedes imaginar lo antiguo, pero me cambió la vida, pues decidí que a eso me quería dedicar. Luego vi que el software invadía el mundo y ofrecía tantas oportunidades que la mejor manera de tomarlas era emprender, no ser parte de una empresa ya creada, pues iban más lento”, dice Jodal.

Un Commodore 64 le cambió la vida a Enrique Topolansky. Eran los años 80’ y esa máquina representaba el futuro, por lo que decidió estudiar la excéntrica carrera de ingeniero en sistemas. Hoy es ese futuro, y si bien la Commodore de apenas 64k de memoria es una reliquia, Topolansky es el actual director del Centro de Innovación y Emprendimientos de la Universidad ORT y un pionero.

Vistas por separado, parecen historias únicas, pero dan cuenta de una generación. Así como Jodal y Topolansky, muchos ingenieros en sistemas uruguayos fueron formadas en los 80’, luego de que las principales universidades uruguayas, como la pública Universidad de la República (UDLR) o las privadas ORT, Universidad Católica o Universidad de Montevideo (UM), consensuaran la comprensión de que la computación era una ciencia de futuro, por lo que abrieron la carrera de ingeniería de sistemas o similares. “Fue un momento de lucidez, que tuvo la virtud de tempranamente de articular esfuerzos conjuntos y consistentes en el tiempo con el sector público y el privado”, dice el también ingeniero en sistemas Leonardo Loureiro, vicepresidente de mercados globales de la Cámara Uruguaya de Tecnologías de la Información (CUTI). “Esto es posible porque en Montevideo somos pocos y nos conocemos todos, por lo que es más fácil desarrollar la confianza”, dice Loureiro.

Estos ingenieros maduraron, algunos viajaron y trabajaron fuera de Uruguay, y muchos en vez de aspirar a un cómodo puesto en alguna empresa tradicional o en la administración del estado, decidieron emprender, con lo que en Montevideo se instaló una insipiente industria de software a mediados de los 80’, y en plena crisis de la deuda latinoamericana.

“Desde entonces y hasta el día de hoy las universidades uruguayas están orientadas a resolver problemas reales”, dice Topolansky acerca de la influencia de esa generación de ingenieros, muchos quienes, como él, han penetrado el sistema de educación superior. “Si bien las universidades privadas son hoy quizá más activas, de todos modos todas colaboramos, por ejemplo, organizando en Montevideo el Rally Latinoamericano de Innovación, que es una especie de hackaton anual en la que vienen profesionales de todas partes de la región”, explica.

Además, los informáticos uruguayos fueron clave en la creación de la institucionalidad pública de innovación del gobierno uruguayo. Es el caso de Fernando Brum, quien se formó en los 80’ como ingeniero en sistemas en la entonces prestigiosa Facultad de Ingeniería de la Universidad Simón Bolívar de Caracas, y quien hoy es director de la Asociación Nacional de Investigación e Innovación del gobierno uruguayo (ANII). “El desafío ahora es tejer la trama de la innovación que viene”, dice Brum en relación a sectores de rápido crecimientos distintos al software, tales como e-Health, en especial respecto de la salud animal, biotecnología y las agtech (start ups que resuelven problemas agrícolas), pero también respecto a bienes públicos de innovación, como fue dotar a toda la población bovina del país de sistemas digitales de trazabilidad (hay 3,5 cabezas de ganado por cada uruguayo) o dotar de banda ancha de alta velocidad a todo el territorio.

Brum también fue senior advisor del Plan Ceibal, un innovador programa de educación del gobierno que en 2007 apostó por entregar un computador por cada niño matriculado en la educación pública uruguaya, de modo que, 10 años después, todos los jóvenes egresados de la educación secundaria estuvieran alfabetizados digitalmente. Además, Ceibal logró cubrir todas las escuelas urbanas con cursos de inglés gracias a la habilitación de salas de videoconferencia con conexiones de alta velocidad, pues de este modo los pocos profesores del país que conocen el idioma, pudieron llegar a todos los alumnos de la educación pública. Tambipen, hoy Ceibal ofrece a los jóvenes ni ni (que ni estudian ni trabajan) cursos básicos de programación. “Como resultado, la innovación ha penetrado la sociedad uruguaya, reduciendo la brecha digital entre ricos y pobres”, dice Irene González, gerente de formación de Ceibal.

“Hoy Uruguay habla de innovación. Se habla de ella en las universidades, en la prensa y las redes sociales, pues hay un efecto demostración gracias a la industria del software”, dice Brum.

Cristina Montero no es ingeniera en software, pero coincide con Brum. “Cada vez son menos los muchachos que esperan un trabajo de por vida en ANCAP (la empresa más grande de Uruguay, petrolera y pública) o en un banco”, dice esta química directora de la incubadora Khem de la Universidad de la República, quien tiene por propósito de apoyar la creación de start ups que aprovechen el conocimiento que genera la universidad y su Polo Tecnológico de Pando, especialmente en materia de química y biotecnología. “Hay spin offs exitosos en materia ambiental, en especial aquellas que usan la microbiología para el control de plantas de alimentos y farmacéuticas. Son empresas que se han validado no solo en Uruguay, sino que también en Argentina, Chile y Brasil”, ejemplifica.

“Además, hay cierta tradición científica en Uruguay, pues por algo la única sede fuera de Francia del Instituto Pasteur, está en Montevideo”, dice Montero.

Programando el éxito

Uruguay no es el país latinoamericano con mayor proporción de científicos e ingenieros del total de graduados. De hecho es sexto, tras México, Colombia, El Salvador, Chile y Panamá, según datos de UNESCO de 2013.

¿Por qué entonces este caso de éxito?

Según Jodal, de Genexus, en el caso de la industria del software esto es porque los ingenieros uruguayos desarrollaron el concepto de software flexible, lo que les ha brindado una ventaja competitiva global. “A principio de los 90’ fui a Texas a aprender desarrollo de softwares de la industria de seguros, y me sorprendí al observar que los sistemas que ahí se hacían eran mucho menos complejos que los que teníamos en Uruguay”, cuenta Jodal. “Sin habernos dado cuenta, nuestros software estaban preparados para la incertidumbre, pues nuestra propia inestabilidad política y económica nos obligó a prever una serie de circunstancias que en Estados Unidos no son tema: como por ejemplo inflaciones de 14% mensual o creaciones de nuevas monedas, con lo que necesariamente nuestros softwares son flexibles”, explica Jodal. El sistema hoy es considerado innovación reversa, es decir la que va de países en desarrollo hacia los desarrollados. Según Jodal esto es “pues el mundo hoy es más incierto y todos necesitan y andan detrás de la flexibilidad que nosotros venimos desarrollando desde hace décadas”.

Hoy Genexus exporta sus servicios a más de 40 países y tiene sucursales en Tokio, Sao Paulo, Chicago y Ciudad de México, con clientes tales como Mitsubishi, DHL, Caterpilla o John Deere. “Uruguay no representa más del 10% de las ventas”, asegura Jodal. Y así como esta compañía, prácticamente no hay start up uruguaya que no haya hecho una apuesta de internacionalización. Aunque la mayoría de ellas, haga una apuesta más regional que global.

Scantech es una start up que resuelve problemas logísticos al comercio minorista. Y si bien Montevideo le sirvió de piloto, la apuesta era expandirse por el subcontinente sudamericano, estando presente en Brasil, Argentina, Chile, Perú y Paraguay. “Nos prefieren a otros desarrolladores de países anglosajones por una ventaja cultural que se refleja en la capacidad de predecir algunos comportamientos, además del manejo del idioma”, dice Raúl Polakof, director de la start up.

Para Isabelle Chaquiriand –directora de Xcala, una plataforma latinoamericana para promover la inversión en start ups en etapas tempranas y académica de la UM– “las start ups de Montevideo no tienen problemas en concebirse como internacionales desde la primera idea de negocios, pues todos sabemos que el mercado uruguayo es muy pequeño, sin embargo, incluso para pilotar proyectos la escala de este país es pequeña”, dice. Según Chaquiriand, “el cuello de botella se encuentra al nivel de financiamiento en etapa de capitales ángeles, pues no se desarrolla suficiente masa crítica de start ups financiables”, lo que obliga a una internacionalización mayor para que las start ups uruguayas entren en los portafolios de redes de capitalistas ángeles con mirada regional.

Gonzalo Sobral –periodista, consultor en emprendimiento y actualmente business developer de Idatha, una start up de big data que fue reconocida como la mejor de Uruguay en 2016 por CUTI– opina que hay grandes oportunidades en la región a propósito del conocimiento específico de esta, “por ejemplo, en el marketing político, donde todavía hay mucho que crecer, y donde hay un valor por ser latinoamericano más allá de lo tecnológico”, dice.

Otro factor crítico de éxito fue el haber establecido, también en los 80, zonas francas. Varias empresas internacionales se establecieron ahí, desarrollando un importante mercado de empresas integradas a cadenas internacionales de valor, que facilitaron el emprendimiento de la primera generación de ingenieros uruguayos. Además, esta estrategia recibió un inesperado espaldarazo de una situación trágica: el default argentino, que hizo que varias compañías del otro lado del Río de la Plata se fueran –total o parcialmente– a Uruguay en una situación que los uruguayos llaman puente aéreo y que recuerda el abastecimiento del Berlín occidental sitiado por los soviéticos en la pos guerra.

Mercado Libre fue una de las empresas que cruzó el río y puso una operación importante en una de las zonas francas aledañas a Montevideo. “Hoy tenemos 636 empleados en la oficina de Montevideo, siendo la tercera más grande luego de Buenos Aires y Sao Paulo”, explica Rafael Hermida, country manager de la empresa en Uruguay. Y su presencia no ha sido como la de un enclave. Según Hermida, esta empresa de capitales argentinos, que es considerada clave en el desarrollo del ecosistema innovador de Buenos Aires, en Montevideo “está generando vuelo a través de programas de innovación abierta y hackatones destinados a resolver problemas específicos, de los cuales han nacido start ups tales como Sagal o Netgeb”, dice Hermida.

Para Marcel Mordesky, un consultor uruguayo en materia de start ups que ha apoyado emprendimientos de su país y que hoy cuenta con una cartera internacional de clientes, el éxito “está determinado también por la consolidación de una segunda generación de ingenieros que ha conformado una pléyade de start ups que trabajan con las tecnologías más prometedoras, como big data, inteligencia artificial, reconocimiento de imágenes, computación cognitiva, y etcétera”, dice Mordesky. El resultado de esto, es que ya no se puede hablar solamente de software, pues para estos nuevos desarrollos necesitan también hardware y por lo tanto también física de materiales, nanotecnología y robótica, entre otras especialidades. “Hoy la tasa de desempleo de un ingeniero en Montevideo es cero”, afirma Alexis Barguskas, CEO y Founder de las start ups Datalab y Hexalab.

También esta nueva generación ha transitado hacia modelos B2C, y aunque no ha terminado de demostrar todo su potencial, ya cuenta con una empresa bandera: Pedido Ya!, la que ofrece una plataforma de delivery de comida que conecta el consumidor con los principales restaurantes de una ciudad, ofreciendo mayor información a los usuarios y estandarizando el servicio con prácticas que lo hacen más eficiente y con mejores ofertas.

Como buena start up, Pedido Ya! tiene su épica fundacional (2008). La empresa gusta de contar que nació a partir de un ejercicio universitario en ORT. Ariel Burschtin y Álvaro García debían tener una idea de un emprendimiento en 10 minutos, y se les ocurrió una aplicación para ordenar a casa chivitos, un sándwich uruguayo al que le caben todos los ingredientes imaginables, reduciendo el error. Decidieron que la idea era demasiado buena como para compartirla en la clase, y dijeron cualquier cosa al curso, y comenzaron a explorarla en serio, reclutando al ingeniero Rubén Sosenke, al punto en que el mismo año no solamente estaban con operaciones en Montevideo, sino que también en Buenos Aires y Santiago de Chile, gracias a dos proyectos de capital semilla por un total de US $ 70.000 que aportó ANII, y por el posterior apoyo de los venture capital Atómico, de Niklas Zennström, co fundador de Skype, y Kaszek, el venture capital creado por algunos de los fundadores de Mercado Libre en Buenos Aires, con lo que pudieron dar el gran salto a Brasil.

Los tres fundadores vendieron 75% de la propiedad a la alemana Delivery Hero, pero se quedaron con la administración de Pedido Ya!, la cual tiene planes de sumar nuevas ciudades en Argentina, Chile y Brasil.

Por coincidencia, la 13° fecha de la eliminatoria jugada en marzo reciente, enfrentó a Argentina con Chile y a Uruguay con Brasil. Y aunque el equipo de Burschtin, García y Sosenke perdió 1-4, tenían razones para estar felices. “Era el momento de hacer publicidad regional en la televisión. Imaginá la mezcla de fútbol y aficionados hambrientos en los cuatro países donde estamos”, dice Federica Hampe, gerenta de asuntos corportativos de Pedido Ya!

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